AGUA DULCE PARA
SALTERRA
..."Un
niño se queda sin agua dulce, y, de repente, toda la humanidad también"...
Así comenzaba el cuento que tenía entre las
manos y que se disponía a leer Lur, en el descanso de las once, sentado en la
hierba que rodeaba el colegio. Eso es lo que pensaba hacer hasta el momento en
el que el chulito de siempre interrumpió su descanso tras la clase de
matemáticas.
Pikor
siempre le estaba chinchando. Habían salido al patio en la hora del recreo y
era la oportunidad de que el chulito de la escuela le molestase. Desde su
altura de casi una cabeza superior a la estatura de Lur, repeinado grueso pelo
corto rubio, unos pantalones cortos blancos con rayas rojas a cuadros, caros y
de marca de moda, apretados sobre su abultada barriga, llegó con ganas de
fastidiar. Se dirigió a Lur, un año más pequeño, delgado, de rizado pelo marrón
y chandal azul, quien comenzaba a disfrutar de su sencillo almuerzo, apartado
más allá de los columpios, tras la máquina expendedora de refrescos, leyendo un
libro de cuentos. Sacó un botellín de agua de su bolsillo para dar un trago y
aplacar la sed.
-¿Otra vez esa botellita de agua? –se burló
el chulito con un séquito de niños pelotas riendo tras él.
-Es agua dulce del estanque de mi casa y
está muy fresca –dijo Lur.
-¿Es que tus padres no te pueden dar dinero
para una lata de refresco Dulkor? –dijo el chulito mientras sacaba de su
bolsillo un montón de monedas.
Introdujo una en la ranura y sacó una lata
de refresco de la máquina que estaba al lado de los columpios. Se la bebió de
un trago mientras los demás niños que habían llegado tras él sacaban la lengua
mirando cómo el chulito bebía su refresco.
-¡Qué fría! –dijo en voz alta para dar
envidia a Lur y que le oyeran los pelotas.
Lur
no le hizo ni caso y continuó leyendo su libro de cuentos mientras almorzaba.
El chulito sacó otra lata y volvió a meterse con Lur.
-Pobrecito, ¿es que tus padres no te dan la
paga?
-Mis padres me dan todo lo que necesito –respondió
tranquilo Lur sin dejar de mirar su libro.
-A mí me dan mucho más de lo que necesito –presumió
Pikor.
-Peor para ti –se mofó Lur.
-Ten cuidado enano, podrías ahogarte en tu
botellita de agua.
-Y tú podrías explotar como un globo
pedorrero con tantas burbujas de tu lata de Dulkor que te metes en la barriga.
-Eso lo dices porque no has probado Dulkor,
pobretón.
-El dinero de tus padres no te ha hecho más
listo, Pikor. He probado Dulkor y lo único que consigue esa lata es que tenga
que beber otra más y no me quita la sed, mientras el agua del manantial de mis
padres quita la sed desde el primer trago.
-Esa agua está sucia –le difamó el chulito.
-Sabes que no es verdad. Mis padres la
embotellan y la venden con el camión.
-Nadie quiere beber vuestras ridículas
botellas de Agua Clara –sentenció Pikor-. ¿Acaso se tiene que llamar Agua
Oscura, o mejor Agua Sucia?
Los niños pelotas, se rieron, menos uno que
no quitaba ojo a la lata de refresco de Pikor y la lengua ya le babeaba por la
sed.
-Kita –Lur se había dado cuenta-, por mucho
que mires la lata de Pikor, no te dará ni un sorbo. ¿Quieres que te dé un poco
de mi agua? –y se la ofreció.
-Te daré un sorbo de Dulkor –dijo el chulito-,
si dices que el agua de Lur es pis de gato.
Kita
no dijo nada.
-Os daré una para todos si decís lo mismo –continúo
Pikor, pero de repente empezó a llover.
Todos los niños se fueron menos Kita, que
miraba la lata de Pikor y, sin embargo, estaba a punto de aceptar un trago de
la botella de Lur.
-Sois unos tontos –exclamó Pikor cuando los
niños se fueron para resguardarse de la lluvia y metió una moneda en la máquina
para sacar otra lata.
Llovía mucho más. Lur cerró su libro para
que no se mojara y lo metió en uno de los bolsillos de su pantalón. Pero, cuando
se iba a marchar, vio un cable pelado que salía bajo la máquina de refrescos y
un charco al lado, por eso quiso advertir al chulito.
-¡Ten cuidado, Pikor! ¡No toques la máquina!
-¿Ahora quieres que te dé una? –presumía
Pikor- , pues no te la daré.
Y metió la mano en el agujero dispensador
de la máquina mientras se escuchaba el ruido de un trueno muy cerca.
-¡No, espera! –se interpuso Lur para evitar
que el chulito tocara la máquina de refrescos en el momento que se produjo el
rayo y recibió el chispazo.
Pikor se rió de él y al tocarle la espalda
burlándose de Lur, se quedó pegado a él. Kita aprovechó para quedarse con la
lata del chulito y al tocarla, se quedó pegado también.
Después, un segundo relámpago de luz los
deslumbró. En ese momento, para los tres niños se fue la luz a la vez.
-¿Dónde estamos? –fue lo primero que quiso
saber Lur cuando recuperó la visión.
-En Salterra –contestó la voz de una niña.
-¿Dónde está eso? –le preguntó Lur.
-Salterra es todo, donde vivimos –dijo la
niña.
Lur
se fijó que el paisaje era seco y no había árboles. Parecía un desierto.
-¿Estamos en África? –preguntó Pikor.
-¿Qué es eso de A-fri-ca? –preguntó la niña.
-Debe ser tan tonta como tú –dijo Pikor
mirando a Lur y luego contestó a la niña con aire de superioridad: –África,
Asia, Europa, Oceanía. La Tierra, ¿es que no vas a clase?
-Mi madre es maestra y me ha enseñado todo
de Salterra y no hay nada por aquí con esos nombres, te los has inventado –contestó
la niña ofendida.
-Cállate Pikor –dijo Lur pensando que
estaban en un lugar extraño y preguntó a la niña: ¿es que no conoces La Tierra,
el mar, los ríos, montañas, ciudades?...
-No sé quiénes sois, pero a mí me parece que
os habéis dado un buen golpe en la cabeza –repuso la niña-. Estamos en
Salterra, "sal-terra", tierra de sal, lo sabe cualquiera. Aquí no hay
"elmar", "losríos" y esas otras cosas. ¿De dónde venís?
-¿Quieres decir que no sabes lo que es el
mar? –preguntó asombrado Lur.
-¿Qué es? –preguntó la niña.
-Lo sabe todo el mundo niña tonta –se burló
Pikor-, el mar es agua. Agua por todas partes.
La niña casi se cae de espaldas.
-¿Has dicho Agua?
-Eso he dicho, ¿también eres sorda? –dijo
Pikor.
-Agua
es la Palabra Sagrada. Mi padre fue a buscarla. Nadie le creía, pero yo sí, por
eso se lo llevaron. Decían que estaba loco, pero él era El Buscador del Agua y
me quería. Me dijo que cuando llegara el Agua, volvería por mí.
-Entonces –preguntó sorprendido Lur-, ¿no
sabes lo que es el agua?
-Mi padre decía –continuó la niña-, que hace
mucho mucho tiempo había un jugo transparente y dulce que caía del cielo.
Lur miró al cielo y vio que no había ni una
sola nube. No tenían nubes, ni lluvia (jugo del cielo).
-Mi padre también decía –continuó la niña-,
que si bebías jugo del cielo, podías
vivir mucho tiempo.
-Si no tenéis agua, ¿qué bebéis? –preguntó
Lur.
-Jugo de sal –contestó la niña y sacó una
pequeña cantimplora que ofreció a Lur. Éste la probó.
-¡Puaj! ¡Es agua salada! –protestó Lur. Si
no tenéis mar, ¿de dónde sacáis el "jugo de sal"?.
-Por la noche, cuando se va el sol,
levantamos las rocas y en el suelo hay charcos con jugo de sal.
-¿No tenéis Dulkor? –preguntó alarmado
Pikor.
-Es lo único que bebemos –dijo la niña
alzando su cantimplora de agua salada como un tesoro.
-Pero con eso no podéis vivir mucho -dijo
Lur.
-No vivimos mucho. Bebemos jugo de sal y nos
dormimos poco a poco. Es todo lo que tenemos.
Lur estaba seguro de que no estaban en la Tierra,
tal como él la conocía o tal vez era un mal sueño muy desagradable si no fuera
por la bella niña de ojos verdes y pelo rojo.
-¿Cómo habéis venido? –preguntó la niña a
Lur-. Hace un rato aquí no había nadie.
-La culpa es de éste –señaló Pikor a Lur.
-Sois diferentes –dijo ella-. ¿De dónde venís?
Lur
no sabía, ni siquiera, cómo habían llegado a ese lugar. Pikor no quería contestar
a esta niña que no sabía nada y Kita seguía callado.
-¿Tú no dices nada? –preguntó la niña morena
de ojos verdes a Kita.
-Él no habla mucho, solo mira lo que tienen
otros –dijo Lur. ¿Cómo te llamas?
-Me llamo Anila –dijo la niña, que
aparentaba la edad de Lur, unos diez años-. ¿Habéis venido a traer Agua?
Lur todavía tenía el botellín de agua en la
mano.
-Bueno, el agua ha tenido algo que ver en el
viaje –dijo levantando su botellín y mirándolo pensativo.
-¿Qué es eso? –preguntó Anila con los ojos
muy abiertos.
-Eso no es más que un miserable y sucio
botellín de agua –dijo Pikor. No vale nada.
-¿Agua? ¿Lo dices de verdad? –exclamó con
gran sorpresa.
-Claro –dijo Lur con normalidad.
-Mi padre dijo que Alguien traería el agua,
y así, todo cambiaría. ¿Puedo tocarla?
-Lur le echó unas gotas en la palma de la
mano que ella se relamió.
-Siento la voz de mi padre en mi corazón –dijo
Anila-, dice que tienes que hacer algo.
-Pero no sé qué tengo que hacer –exclamó
Lur.
-Tal vez… –se le ocurrió de repente a la
niña-, piensa en alguien a quien quieras.
Lur se acordó de su madre riendo con su
padre junto al manantial de agua dulce de su casa. Ella le decía a su padre,
que tenía en la mano un vaso de agua que había sacado del manantial: -¡lanza el
agua al cielo y lloverá agua dulce para que la beba todo el mundo! Y cuando lo
hizo comenzó a llover. Ese día sus padres decidieron embotellar el agua dulce
del manantial y de eso vivían modestamente pero sin apreturas. Lur no sabía qué
hacer, pero la niña leyó en sus ojos la bonita historia rememorada por Lur.
-Ya se lo que tienes que hacer; mi padre me
ha hablado –dijo Anila-. ¡Tira la botella hacia arriba!
Sin saber por qué obedecía sin dudar la
sugerencia descabellada de Anila, Lur arrojó el botellín hacia el cielo, tan
fuerte, que desapareció. Aparecieron de repente nubes en el cielo que antes
estaba totalmente azul y despejado. Comenzó a llover.
-¡Cae agua del cielo! –cantaba Anila dando
saltos de alegría.
La
tierra marrón se empezó a poner verde y comenzaron a brotar flores del suelo.
-Tú has traído el milagro –le dijo Anila a
Lur cogiéndole las manos-. ¿Cómo te llamas?
-Me llamo Lur.
-Mi padre es El Buscador de Agua –explicó
Anila-, pero le llamaban Loco porque decía que un día caería jugo de nubes del
cielo y por eso se lo llevaron. “La Tierra” me dijo que El Agua me devolvería a
mi padre. Está lloviendo, es increíble.
-Está lloviendo mucho y nos estamos
empapando –protestó Pikor- ¿no tienes un refugio?
-Sí –respondió la niña señalando a lo lejos
una casa de madera con un gran almacén o algo parecido al lado.
Salieron todos corriendo bajo la lluvia.
Anila abrió la puerta de la casa y entraron con ella los tres niños. Mientras
los niños estaban en el salón, Anila volvió con unas toallas para secarse.
Luego, pasaron por una puerta del salón a un gran almacén y vieron un montón de
cosas raras abandonadas en medio de aquel cobertizo. Anila les explicó que
siempre habían estado tiradas en el suelo y nadie sabía para qué valían. En
medio del gran revoltijo de cachivaches abandonados encuentran una máquina
expendedora de Dulkor y un enchufe que sale de ella.
-¡Increíble! –dijo Pikor y fue a enchufarla
en un enchufe cercano.
-No toques eso, –advirtió Anila-. "Los
Oscuros" bebieron de eso y se fue el Agua.
-¿Quién te contó esa tontería? –se burló
Pikor.
-Mi padre. Y mi padre, no dice tonterías –se
defendió la niña.
El
chulito no le hizo caso y se agachó para coger el enchufe de la máquina de refrescos.
-¡No lo toques! –insistía Anila-. ¡Es
peligroso!
Unas goteras empezaban a caer del tejado
roto del almacén y tras la máquina, se formaba un pequeño charco. Lur se dio
cuenta extrañado y pensando: -esto ya lo he visto antes.
Pikor enchufó la máquina y empezaron a salir
latas de refresco Dulkor.
-¡No las toques! –advirtió Anila.
Lur se interpuso cuando Pikor tocó la
máquina para coger la bebida y Kita se la arrebató. En ese momento se oyó el
trueno y un rayo iluminó todo. Se quedaron todos paralizados. Lur sabía que el
chispazo les devolvería a casa y le tendió la mano a la niña.
-Anila, ven conmigo.
-No puedo irme, Lur. Ahora hay agua dulce y
mi padre volverá. Me quedo.
-¿Cuándo volveré a verte? –dijo Lur.
-Muy pronto –le contestó Anila-, has sido y serás para mí
un trago de agua fresca.
-Y… ¿dulce? –quiso saber Lur.
-Sí. Muy dulce –dijo la niña besando a Lur
en la mejilla.
Anila se apartó de los niños justo antes de
que el siguiente rayo los hiciera desaparecer junto con la máquina de
refrescos.
Despertaron los tres en la enfermería de la
escuela con las ropas chamuscadas. Pikor y Kita malhumorados y sin ganas de
beber Dulkor. Lur pensando en decirles a sus padres el nombre que buscaban para
el agua dulce de las botellas de su manantial. Sin darse cuenta, tenía un par
de botellines de agua fresca en cada mano. En la etiqueta ponía con letras muy
claras: AGUA DULCE ANILA.
-¿Queréis un botellín? –les ofreció Lur a
Pikor y a Kita. Los dos miraron las botellas de agua fresca y las aceptaron
gustosamente.